Un verano muy ocupado

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En el verano del 2004, a unos meses de haber terminado mi programa universitario, trabajé en cinco lugares. Mi objetivo era trabajar en mi área, ya sea con animales o en algún proyecto ambiental.

Pero por supuesto que no me fue fácil encontrar un buen trabajo, como me imagino que le pasa a todos los recién graduados, especialmente en carreras poco tradicionales, como geografía ambiental.

Volviendo de un viaje de tres meses por Londres e Italia, empecé a trabajar en lo que encontré: en la cocina de una residencia geriátrica, en una guardería, en un restaurante italiano y en uno chino…

Fue un verano bastante interesante, por un lado estaba en contacto con los dos extremos de la vida humana, los bebés y los ancianos y luego viviendo la realidad de los trabajadores de restaurantes. Luego de renunciar en la residencia porque estaba muy lejos de mi casa y de acabar el contrato en la guardería empecé en el restaurante Chino.

Allí trabajaba a las tardes así que seguí buscando un trabajo para el día. Yo estaba a cargo del bar, del teléfono y de la caja registradora. A parte de las mozas, yo era la única no-China, me trataban muy bien, y me invitaban a comer todo lo que quisiera. Pero a pesar de lo mucho que comía, trabajaba tanto que creo que perdí peso.

A mediados de ese verano me contrataron en una gran tienda de animales (“pet shop” en inglés) especializada en aves.

El dueño era un señor de origen italiano, simpático pero con un carácter terrible, le gritaba sin parar a la empleada que tenía hacía más de 10 años. Ella era una chica con mucha experiencia, que llevaba adelante el negocio sola cuando el dueño se ausentaba, lo que por suerte pasaba seguido, así ella podía tener algo de paz.

Ella fue muy buena conmigo, me enseño muchísimas cosas y me contó mucho de su vida. Su dedicación a los animales no dejaba de impresionarme.

Yo había prometido que en cuanto el dueño me gritara una vez, le iba a entregar las llaves y renunciar en el acto, ya que no veía por que debía aguantar sus gritos injustos. Por suerte esto no fue necesario, ya que al finalizar el primer mes, decidí renunciar a mis dos trabajos y viajar por seis meses a Argentina.

La animaleria tenía unas 2.000 aves, gatos, reptiles, peces y hurones. Yo debía limpiar y alimentar todo este regimiento las tres o cuatro veces a la semana que trabajaba allí, luego volver a mi casa, bañarme para sacarme las plumas y semillas del pelo y de allí partir al restaurante hasta el fin del día. Así que fue una época bastante ocupada.

Llegando al trabajo sacaba de la jaula a mi animal preferido, una joven cacatúa de Goffin, que era lo más parecido a un bebé que podría haber. De hecho que con ese nombre lo bauticé, fue mi Bebé por ese mes.

Estos loros rosados se caracterizan por adorar a la gente, y este no era excepción, le encantaba que le rascaran el cuello, tanto que yo tenía la impresión que podía pasar todo el día así, y olvidarse de comer o tomar agua, por eso cada tanto lo devolvía a su jaula para que comiera!

Como tenía las plumas de las alas cortadas para que no volara por todo el local, estaba acostumbrado a correr por los pasillos buscándome y saltando a mi hombro en cuanto me veía. De esta forma yo limpiaba todas las otras jaulas, con Bebé en mi hombro.

También había otros animales: guacamayos nacidos en cautiverio, que fueron vendidos rápidamente a pesar de su precio elevado, hurones que adoraban que los sacara de la jaula y jugara con ellos. Había terrarios con escorpiones emperadores que son bien negros, con sus bebés blancos que llevaban en la espalda y a los que había que manipular con pinzas para ensalada.

Recuerdo un pez dorado (ese es el nombre de la especie pero este pez era negro y con grandes bolsas debajo de los ojos) inolvidable al que le gustaba acariciarse y nadar entre mis dedos.

Cuando decidí renunciar consideré seriamente comprar a Bebé, ya que nos queríamos tanto, pero el hecho que estaba justo por viajar y su alto precio me detuvieron (costaba casi lo mismo que el pasaje en avión a Argentina!). Creo que fue la buena decisión, ya que con mi vida de viajes no estoy siempre presente y eso le hubiera sido difícil de aceptar, pero por supuesto me costó muchas lágrimas despedirme.

En las semanas siguientes hubo una exposición de loros ya que en Canadá es muy grande el negocio de la crianza en cautiverio de estas aves, y esta animaleria estaba presente con mi cacatúa, con mucha alegría lo volví a ver y conocí a la joven pareja que iban a comprarlo.

Espero que hayan sabido valorar el animal extraordinario que estaban adoptando y que le hayan dedicado miles de horas de rascaditas de cuello como tanto le gustaba.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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