El refugio de aves “El Nido”

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En el 2001 estaba estudiando Geografía ambiental en la Universidad Concordia en Montreal. Como a pesar de estar haciendo varios cursos todavía me quedaba tiempo hacia trabajos como voluntaria en varios lugares con animales. Uno de ellos es la SPCA, o Sociedad protectora de animales de Canadá. Iba cuando podía a sacar a pasear perros que estaban esperando ser adoptados.

Como aquí los inviernos son tan fríos y con nieve, los animales están adentro del edificio: los perros en caniles y los gatos en jaulas. A veces llegan aves, conejos, y otros pequeños animales de compañía que la gente no quiere más. La gran mayoría son adoptados en diversos lapsos de tiempo. Y por supuesto, los perros esperan ansiosos a los voluntarios que los sacan a dar una vuelta por el barrio.

Ese verano, en una de mis idas a la SPCA vi un cartelito de otra organización: “El Nido, Centro de rehabilitación de aves” que estaba buscando voluntarios. Escribí el número y esa tarde llame a Judy, la directora en la época. No sabía en ese momento que empezaba una amistad de años con esta enfermera jubilada de cultura inglesa y apasionada por las aves.

Ella me explicó que el trabajo iba a ser los domingos, íbamos a ir juntas muy temprano, ya que el refugio está en el pueblo de Hudson a 60 kilómetros de Montreal y que en ese día no había empleados, solo un pequeño grupo de voluntarios. Había que abrir el refugio antes de las 8 horas de la mañana y cerrarlo a eso de las 7 horas de la tarde, y debíamos hacer todas las tareas de cuidado de animales y mantenimiento.

A pesar que debía despertarme cerca de las 5 horas de la mañana para estar en la estación de metro en el que Judy me esperaba y que no iba a llegar a mi casa antes de las 9 horas de la noche, acepté. El lugar era precioso. El refugio estaba construido en un granero de madera, en un terreno donado por una señora muy mayor. Estaba lleno de árboles y esa misma señora había cedido una gran parte del terreno a otro grupo ambientalista para que hicieran una pequeña reserva. En el terreno se paseaban muchas aves silvestres, muchas de las cuales habían sido liberadas ahí mismo.

Judy me mostró todas las jaulas e incubadoras con pichones en el interior del granero y todos los aviarios exteriores para las aves ya adultas que iban a ser liberadas pronto. Todos estos animales venían traídos por gente de todo Québec, habían sido encontrados heridos, atacados por gatos, o eran pichones caídos de nidos o abandonados por los padres. Muchas veces sucede que personas bien intencionadas piensan que los pichones han sido abandonados pero en realidad los padres los siguen cuidando.

Todas las aves eran bienvenidas en el refugio. Primero pasaban por un control en la sala veterinaria y luego eran ubicados en una de las jaulas del refugio. A veces recibíamos pichones que acababan de salir del huevo, sin plumas y con los ojos cerrados, por supuesto que la gran mayoría era muy difícil de salvar.

Judy era una verdadera experta y siempre me iba explicando que hacer. El refugio había sido fundado unos años antes por Lynn Millar, una especialista en aves salvajes que venía de Nueva Zelanda. Ella hacia frecuentes visitas al centro para analizar los casos más difíciles.

Con los otros voluntarios que venían seguidos éramos conocidos como “el grupo de los domingos” e incluso en invierno y hasta el día de hoy seguimos en contacto y nos vemos algunas veces por año o nos llamamos por teléfono.

Ese verano fui prácticamente todos los domingos. Me acostumbré a limpiar los aviarios de las cornejas, las lagunitas de los patos, a darle larvas de insectos con una pinza a las aves insectívoras o pedazos de pescado a las gaviotas (a veces a la fuerza si no querían comer) y a hacer todas las otras tareas del centro. Estas podían ser preparar cantidades de comida que consistía en una mezcla licuada de comida para gato, calcio, agua y yogurt que debía ser congelada para uso posterior.

Otras tareas consistían en lavar toallas y platitos, limpiar el área de almacenamiento, cortar lauchas o pollitos o pescado congelado (tarea que nadie quería hacer, pero a mí no me molestaba especialmente, después de todas las cosas raras que ya he hecho en mi vida!) Y más que nada, darle la mezcla a los pichones que nos esperaban con el pico muy abierto a intervalos de media o una hora cada uno que le dábamos con una jeringa.

Todo debía estar muy limpio: las tareas de limpieza estaban presentes todo el tiempo. A veces atendíamos a la gente que nos traían aves y les hacíamos visitar el lugar. Otras veces tenía que capturar aves con redes en los grandes jaulones para liberarlos en otras áreas o para cambiarlos de lugar. Algunos días en el medio del calor del día me iba a dormir una corta siesta en el bosque o a ver los zorrinos que pasaban cerca.

Una vez sucedió que algún animal salvaje desconocido, tal vez una marta o visón, entró  a las jaulas y hacia masacres, lo que nos llevaba a reforzar todas las jaulas. Terminábamos cansadísimos, pero muy contentos de poder cubrir las jaulas para que las aves pasaran la noche y ver que habíamos hecho un buen trabajo.

Al final era nuestra gran recompensa liberar las aves y verlas partir entre los árboles. Para estar seguros que iban a encontrar que comer poníamos grandes comederos llenos de semillas de todo tipo, y muchas veces las veíamos volver. Tuvimos varios pájaros carpinteros, aves playeras, y toda una variedad de aves acuáticas como garzas, gansos y más. Una vez recibimos 60 pichones de gaviota que venían de un edificio que había sido demolido. Mucha limpieza y cortada de pescados extra!

Recuerdo muy especialmente un pequeño carbonero que a pesar de haber sido liberado estaba siempre con nosotros, venia volando a posarse en nuestros hombros y nos sacaba lo que teníamos en las manos. Otro gran personaje que todavía está en el refugio en Kuna, una corneja negra que perdió un ala. Ella se queda para siempre, en los veranos está allí y en los inviernos en casa de algún voluntario.

Las cosas cambiaron mucho con los años. A nivel de las instalaciones se construyeron grandes aviarios para albergar los numerosos patitos y gaviotas que llegan cada año, una habitación exterior silenciosa para las aves adultas que necesitan silencio y tiempo de recuperación, y siempre hay proyectos de agrandar el refugio.

A nivel manejo, ahora hay empleados todos los días de la semana, especialmente estudiantes de biología o veterinaria, y las normas de limpieza y alimentación son mucho más estrictas. Ya no siento que los voluntarios seamos tan esenciales como en aquellas épocas, aunque nuestra ayuda siempre es bienvenida.

Judy tiene problemas de salud y yo trabajo bastante por lo que ya no puedo ir tan seguido, pero trato de seguir de cerca las actividades del refugio y no pierdo oportunidad de ir y ayudar. Es el lugar en el que más años he sido voluntaria y sinceramente, cuando llego, me siento como por mi casa.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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