La lechuza grande y la lechuza Chica

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Toda mi vida en Córdoba estuvo marcada por fines de semana y vacaciones pasados en la casa de mi segunda familia: la amiga de mi mamá Monina y sus hijas, mi amiga dos años mayor que yo Eugenia, y su hermanita 10 años menor Virginia. Eugenia cumplió el rol de hermana mayor toda mi infancia.

Ella fue la que me enseñó a andar en bicicleta, a nadar, a andar a caballo y a perderles el miedo a los perros, a la oscuridad y a los insectos. Sí, yo era bastante miedosa de chica, aunque no lo puedan creer! Y Virginia era nuestra muñequita, a la que llevábamos a pasear en cochecitos de juguete y a la que le enseñamos a jugar a las cartas a los 3 años…

Lo único que le reprocho hasta el día de hoy es que no me enseñó a manejar! Así que recién ahora he juntado el coraje de hacer el curso e intentarlo.

La familia de Eugenia siempre vivió más en el campo, así que compartíamos los dos mundos: las actividades con animales, bicicletas, piletas, deportes  en su casa, y las actividades de cuidad, cines, películas, compras cuando veníamos a mi casa.

Pasamos una infancia y adolescencia verdaderamente maravillosa, inventando todo tipo de juegos: desde cosas simples como andar a caballo imaginario con un palo de escoba por todo el pueblo a construir observatorios astronómicos, bancos, agencias de detectives, casa en los árboles, y más.

Nuestros juegos y actividades evolucionaron con los años, en la adolescencia íbamos a descubrir los ríos serranos pero también las fiestas y discotecas! Y el primer camping de mi vida fue con ellos, cerca de un río, en donde nos bañábamos todo el tiempo y dormíamos mal por las picaduras de insectos.

En un momento vivieron en un criadero de perros en el barrio 60 cuadras, lo que fue muy divertido e inolvidable, ya que compartíamos los días con una variedad de perros que nos seguían a todos lados y pasábamos las tardes jugando con los cachorros. Un perro en particular fue nuestro gran amigo y los tres éramos inseparables…pero esa es otra historia…

Luego ya construyeron su propia casa en Santa Ana, un pueblo a medio camino entre Córdoba y Alta Gracia. Allí fue donde más aventuras compartimos.

A la entrada del pueblo existe un hermoso cementerio, La Floresta, donde se encuentran mis abuelos. Pero mucho antes de que ellos partieran, ese cementerio era uno de nuestros lugares de exploración. Había muchos árboles y nos gustaba sentarnos a meditar sobre la vida y nuestros futuros.

Ya estando en la universidad dos veces pasó que empleados del cementerio encontraron pichones de lechuzas, las sacaron del nido por diversas razones y terminamos cuidándolas nosotras.

La primera fue un lechuzón orejudo que vivió un tiempo con Eugenia. Era increíblemente hermoso con sus grandes ojos y pestañas, sus plumas amarillentas y su actitud cariñosa y sociable. Le encantaba dormir siestas acostada sobre nosotras y adoraba que le acariciáramos el cuello.

Se podía quedar horas así. Se hizo un animal muy grande, e incluso salía de noche a cazar y volvía a la mañana. A veces partía por varios días pero siempre volvía. Una muy lamentable noche en la que estaba durmiendo en un horno de pan al exterior, una comadreja la atacó con resultados fatales. Con Eugenia siempre la recordamos y extrañamos.

La segunda fue una miniatura de lechuza, un joven alicuco que yo me lleve a mi casa. Era menos cariñoso pero con los días se acostumbró a comer carne de mi mano y a estar tranquila en su caja.

A veces se quedaba en mi estante entre animales de peluche. Cualquier persona que me hubiera visitado en ese momento hubiera pensado que era uno más de la colección.

Una mañana mi abuela me vino a despertar para avisarme que mi “bicho” estaba en el inodoro, muy sentadito con las patas en el agua y que por favor lo sacara de allí!

Espero que esta lechucita haya terminado su vida mejor que el lechuzón. Cosa que nunca sabré, ya que se la di a un biólogo amigo que vivía en el campo y con el tiempo la liberó.

Es difícil a veces no saber que va a pasar con nuestros queridos animales, solo queda esperar que pudieron disfrutar de una vida libre, encontrar una pareja y reproducirse, el objetivo final de todo animal salvaje.

Eso le deseo a mi pequeño alicuco, y a todos los otros animales que estuvieron a mi cuidado por algún periodo de tiempo y que volvieron a la naturaleza, el lugar en el que deben estar.

Y con Eugenia y su familia sigue la amistad por supuesto. Aunque hace mucho que no vivimos en la misma ciudad, siempre nos encontramos ya sea en Córdoba, en Florida o en Montreal, siempre recordamos las anécdotas que vivimos juntas y solo podemos imaginarnos que aventuras nos esperan todavía.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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