Salvar

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En el año 97 estaba estudiando la Técnicatura en Culturas y Lenguas Aborígenes y estaba haciendo un curso de Profesorado de Biología en Córdoba. Ese mismo año fui voluntaria en un refugio que hacía poco que había abierto.

Se llamaba Salvar y tenían varios cientos de perros y gatos. Estaba un poco en las afueras de Córdoba, así que yo iba en auto con la directora del refugio algunas veces por semana.

La primera vez que llegue fue bastante impactante: docenas de perros vinieron a saludarme, a saltarme encima y a ladrar, todo al mismo tiempo. Y por supuesto había cientos más en grandes jaulas.

La dueña también tenía varios en su casa, entre ellos un caniche que me hubiera gustado mucho poder adoptar, pero era imposible porque siempre viví en un departamento y además mi familia nunca lo hubiera aceptado.

Pero a veces llevaba cachorros a mi casa, solo temporalmente. Una vez lleve uno chiquitito y muy enfermo que a pesar de los cuidados murió esa misma noche al lado de mi cama.

Mi trabajo consistía en prepararles comida, distribuirla y ayudar con los cuidados lo más que pudiera.

Siempre me interesó la ciencia veterinaria, lamentablemente las agujas y la sangre pueden hacerme desmayar, se me baja la presión y pierdo el control, así que nunca me planteé seriamente seguir esta carrera.

Pero quería cuidar a los animales de todas las formas posibles por eso participaba en darles remedios y más. Una vez le puse una inyección a un perro con sarna para curársela. Fue bastante rápido, no me gustó la experiencia y al perro tampoco, pero la droga lo curó.

Lo que más me marcó de la experiencia en el refugio fue el gran amor y confianza que los perros le tienen a la gente. A pesar de todo lo que vivieron, estos perros rescatados nunca trataron de morderme, por más que les estuviera poniendo desinfectantes en las heridas o que les estuviera sacando gusanos con una pinza.

Seguro que estos procedimientos les dolían, y se quejaban bastante, pero sin ninguna agresión, incluso siendo doberman o grandes animales.

Los voluntarios de ese refugio y de todos los otros en los que trabajé o visité merecen el más grande de los respetos, es un trabajo hecho sin ninguna recompensa, más que saber que se ayuda a los animales y se comparte tiempo con ellos. Yo empecé a los 16 años y sigo adelante 22 años más tarde, a veces dedicando mucho tiempo, a veces unos días al año.

Por el gran amor que los animales me han dado y por todo lo que me han enseñado… prometo seguir siendo voluntaria siempre…todas las oportunidades que tenga.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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