Siendo Guardazoo

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En el 93 empecé a trabajar como voluntaria en el Zoológico de Córdoba. Éramos los Guardazoos: niños y jóvenes dirigidos por Alejandra Juárez, la directora. Esta experiencia fue una de las que más me marcó en la vida, y por lo tanto es la que más me va a costar escribir. Sobre todo de los monos carayá, mis grandes amores.

Nunca tuve tanto contacto y tan cercanos con animales salvajes y de manera tan continua. Fui un año completo, todos los fines de semana y las vacaciones de invierno. El Zoo era prácticamente lo que le daba sentido a mi vida en ese año, a pesar que era el último de mi secundaria y eso era algo muy importante también.

La gente y los animales que conocí ese año me marcaron profundamente. De hecho que con muchas personas seguimos siendo amigos o guardamos el contacto. La historia de los carayás la contaré otro día, alguna vez que sea lo suficientemente fuerte como para aguantar la nostalgia…no hoy.

A parte de los monos hubo muchos otros animales a los que cuidé e incluso meses o años más tarde me seguían reconociendo. Khapu, la mona araña que vivió sus últimos años en el Refugio de carayá de la Cumbre, me reconoció y saltó a mis brazos unos seis o siete años después de haberme visto por última vez.

Tal vez recordaba los dos fines de semana que había pasado en mi casa, cuando todos nos turnábamos para llevarla a la casa y darle un respiro a las dos chicas que la cuidaban durante la semana. Era una joven huérfana y no podía quedar sola. La llevaba en colectivo como si fuera un bebé, envuelta en una colcha para que la gente no la viera, con su cola alrededor de la cintura. A veces alguien quería ver el bebe y se sorprendía cuando veían una cabeza tan chiquita y tan peluda.

Ella dormía abrazada a mí y hasta para ir al baño de noche había que llevarla. Era muy traviesa, saltaba por todos los armarios y roperos tirando todo al suelo y hasta a veces se quería escapar por la ventana y había que evitarlo agarrándola de la cola. Le encantaba jugar bien fuerte, que la tuviéramos de la cola y que hiciéramos de cuenta que la dejábamos caer, o tirarla hacia el aire haciéndole cosquillas. Hacia un ruido muy parecido a la risa y se la veía feliz.

También recuerdo a Zoila, una chuña de patas negras que andaba suelta por el zoo y que sabía que yo le traía huevos y carne, siempre me esperaba y me seguía. Que gran pena me dio cuando supe que había muerto al entrar a la jaula de un puma para comerse la carne que estaba ahí.

Otra vez le di de comer por un tiempo a dos jotes de cabeza negra pichones, para mi eran hermosos, aunque tenían un aspecto extraño todos negros pero con la cabeza sin plumas.

Tenía una amiga, Verónica, que adoraba a los lobos y siempre los íbamos a ver juntas, aunque yo no me animaba a dejarme mordisquear la cabeza entre las rejas como hacia ella, esa es una forma de amistad entre los lobos.

Ella también cuidaba un águila mora y una vez me pidió que yo le diera de comer. Como no tenía guantes y no la conocía tanto, le dejé la comida en el suelo, sintiéndome un poco culpable al saber que tal vez no la iba a comer.

Un día lo pasee cuidando bebés jabalíes, ya que su madre había sido criada por una persona y no sabía muy bien como cuidarlos, mi tarea era evitar que los mordiera. Por supuesto que ese día, volviendo a mi casa en autobús y aun con mi uniforme, la gente me miraba y hasta comentaban que se notaba que venia del Zoo, claro, olía a jabalí!

Tenía amigos en todos lados, algunas llamas en la sección de la granja, un bebe coatí que dormía panza arriba entre mis manos, un hurón al que sacaba con una correa y le daba huevos de comer, pichones de ñandú que no sabían comer solos, sus padres no le habían enseñado, muflones que estaban acostumbrados a que yo entrara a su habitáculo a sacar basura, loros, papiones, tigres, a los que visitaba seguido y a veces tocaba entre los barrotes. Recuerdo una tarde de invierno en el que pasee horas viendo si un águila coronada bajo anestesia todavía respiraba. Lamentablemente la dosis fue muy alta y no sobrevivió.

Cada fin de semana era único, nunca sabía que iba a pasar, que animales iba a cuidar, que nuevos bebés iba a encontrar. Hasta cuando mi tarea era hacer vigilancia por el Zoo, aprovechaba para memorizar las informaciones de cada especie escritas en los carteles. Aprendí tantas cosas! Además que a veces teníamos clases organizadas por Alejandra o alguien más.

Por supuesto también fue una época difícil. No todos los animales eran cuidados como hubiéramos querido, ni eran albergados en jaulas modernas. Muchas veces llegaba llorando a mi casa por la muerte de algún animal. Finalmente tuve que tomar la decisión de dejar de participar y dedicarme por completo a estudiar biología y a nuevos proyectos, aunque siempre seguí en contacto y visitando el Zoo.

En el 2006 volví a ser voluntaria en uno de mis viajes a Argentina (ahora vivo en Montreal). Guardazoo ahora está en La Cumbre, en el refugio de monos carayá, pero yo fui voluntaria en el hospital del Zoo por algunas semanas. Bajo la dirección de Maria Paula, la cuidadora, me ocupé de limpiar jaulas, dar de comer y hasta sacar a pasear zorrinos, mulitas, osos meleros, llamas, lechuzas, puercoespines y más. Me trajo muchos recuerdos, aunque la situación era tan diferente.

Todos los Guardazoos guardamos tantos recuerdos imborrables de esa época. Cada uno podría escribir un libro de lo que vivió! Para muchos esa experiencia los hizo decidir estudiar veterinaria o biología. Se formaron parejas y amistades para el resto de la vida, pero más que nada nos hizo conocer a los animales como individuos, aprender sus personalidades, ver y sentir como cada uno es tan especial.

Es una de las experiencias por las que más nostalgia siento y que más me marcó y al mismo tiempo me alegro tanto de haber tenido la oportunidad de vivir todo lo que viví en el Zoo siendo tan joven.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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