Un día en Zanzíbar

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En noviembre 2012 partí desde Montreal hacia Kenya, con una parada de una semana en Holanda y por un viaje de tres meses por varios países africanos. Por supuesto que tengo miles de anécdotas de ese viaje, ya que vi tantos animales e hice safaris por varios de los parques nacionales más espectaculares del planeta. Pero para empezar quiero contarles de un día que pasé en las playas de la isla de Zanzíbar en Tanzania.

El viaje lo hice con una compañía inglesa que se llama Oasis viajes terrestres y que organiza tours en camping. Nos desplazábamos en un gran camión amarillo transformado en autobús, con grandes ventanas y con todo el material de camping. Recorrimos más de 15.000 kilómetros en 75 días, estábamos en movimiento casi constante, pero con tiempo para hacer safaris y más.

Pero volviendo a mi relato, les cuento del tercer y último día que pasamos en las playas del norte de la isla. Ese día decidí salir temprano en barco a hacer snorkel en los arrecifes cercanos. Lamentablemente el mar estaba muy movido y a pesar que intenté partir con ellos, me sentí tan mal y tan rápido que aun cerca de la playa me tire del barco y volví nadando a la orilla.

Ya un poco más tarde y sintiéndome mejor salí a caminar por la playa. A la distancia vi dirigiéndose hacia mí un chico joven con un monito caminando a su lado atado a una cuerdita.

Es muy triste pero en varias playas turísticas del mundo hay gente con monos u otros animales salvajes para que los turistas se saquen fotos a cambio de plata. Esto lo he encontrado en varios países: gibones en Tailandia o iguanas y monos arañas o monos ardillas en México.

Por supuesto que es malísima idea contribuir a este negocio, yo nunca le pagaría a esta gente. Lo que si hago es acercarme, hablar con ellos, ver de dónde vienen los animales y si es posible tratar de explicarles que no es muy buena idea lo que están haciendo. Incluso si tengo la oportunidad puedo denunciarlos a grupos ambientales con la esperanza que decomisen los animales para llevarlos a un refugio donde tendrán mejor vida.

Por ejemplo, pude dar la lista con los lugares en donde vi gibones en el sur de Tailandia a un refugio que visité en Puket en el 2010. De todas formas es un tema delicado y por lo general, a pesar de ser especies protegidas, la policía no hace mucho.

Cuando vi este monito caminando me agache inmediatamente y ella subió a mis brazos. Hablé con el chico y le dije que me la dejara un rato. Él ya me había visto en el hotel en el que estábamos así que me la dejó y siguió su camino. En menos de cinco minutos pasé a ser la cuidadora de un mono por un día!

La monita se llamaba Gizzard, era bastante joven, y me di cuenta que no era una mona vervet, la especie más común en la región sino otra especie. Ya más tarde y con mi guía de mamíferos la identifiqué: un mono samango.

Esto pude también decirle a sus dueños, ya que a lo largo del día varios chicos venían a verme y me decían que era de ellos, una buena forma de empezar la conversación aunque no sabían de qué especie era. Todos la conocían, y al principio no comprendían porque una extraña estaba cuidando a la famosa Gizzard.

Casi al final del día creo que apareció el verdadero dueño, otro chico joven con el que intenté hablar y explicarle que esa no era vida para su mona. Él me decía que la quería mucho, le había costado muy caro comprarla a un guarda parque y que hasta se había molestado en hacerle limar los dientes para que no lastimara su mordedura!

Fue una conversación bastante inútil, ya que veíamos las cosas de puntos de vista totalmente diferentes. Lamentablemente yo no tenía opción de hacer nada. Tuve que dejársela y seguir viaje aunque me diera tanta pena. Incluso la guía de mi viaje creía que yo iba a tratar de robármela, esconderla en el camión para dejarla en algún refugio…cosa que pensé seriamente pero no veía como hacer.

Mis compañeros de viaje la miraban con una mezcla de fascinación y miedo, muchos no querían acercársele, otros le sacaban fotos desde la distancia y me costaba encontrar voluntarios que sostuvieran la cuerdita para que yo pudiera ir al baño o a nadar un poco ya que hacía mucho calor.

Me di cuenta que ella no era tan cariñosa con la otra gente como conmigo, hasta era un poco agresiva a veces si alguien trataba de tocarla. A pesar que solo compartimos un día, nos hicimos muy amigas, yo la extrañé todo el resto del viaje y hasta el día de hoy pienso en ella y en como estará.

En la mitad del día ella durmió una siesta acostada en mi pareo, cuando se despertó le di unas frutas y me puse a hablar con una de mis amigas que también quería mucho a los animales, ella me veía jugar con la mona casi tirándola al aire, cosa que le encantaba y me preguntaba que estaba haciendo.

Yo tengo experiencia en jugar con monos por los caraya y arañas que cuide en el zoo de Córdoba y sé que les encanta este tipo de juegos, hasta hacen un ruidito como de risa. Pero mi amiga pensaba que la estaba maltratando de alguna forma. Mientras le estaba explicando esto a mi amiga, Gizzard vio una oportunidad para tirar la cuerdita con que yo la tenía e irse corriendo hacia las casas del pueblito.

Pase la próxima hora con uno de sus supuestos dueños buscándola por todos lados, preguntando a la gente si la habían visto y mirando por los techos, árboles y casas. El chico fue a comprar fruta a ver si eso la convencía de venir. Yo estaba preocupada, tenía un mono perdido en la isla, como iba a explicárselo al chico que me la dejó esa mañana?

Por suerte la encontramos en el patio de una casa jugando con un monito vervet más chico que ella. Pienso que ya se conocían, y que ella sabía muy bien en donde estaba y había ido a propósito a buscarlo siendo los monos animales tan sociables. Otra crueldad, tenerlos alejados de los miembros de su especie…

Me quede un rato más con los dos monos e incluso vi otro bebé vervet más en un bar. El problema de las mascotas ilegales estaba muy presente.

Al final del día y con mucha pena le devolví Gizzard a sus dueños, la volví a ver a la mañana siguiente justo antes de salir hacia Stonetown, la capital de la isla. Por supuesto me reconoció, saltando a mis brazos, cariñosa como siempre.

Cuando reencontramos a nuestro chofer que se había quedado en el continente unos días más tarde me dijo que otros guías le habían dicho que una chica de su grupo había adoptado un mono y que pensaba seguir viaje con él, lo que es en contra de la política de la compañía.

Él estaba seguro que era yo y mi amiga, las dos que siempre estábamos viendo y rescatando animales. Mi fama había llegado antes que yo a Dar es Salam, la capital de Tanzania, donde él nos esperaba.

Solo me quedan las fotos de Gizzard, pero siempre la tengo presente, como tantos monos increíbles que me han dado su cariño, aunque haya sido poco tiempo. Nunca soy tan feliz como cuando estoy con ellos, monos grandes y chicos, que me miran con sus expresiones tan inteligentes y que saben que en mi tienen una aliada incondicional.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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