Besando sapos en Brasil

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En el verano del 95, pase cuatro meses totalmente inolvidables en Brasil. Estuve con mis tíos y primas en San Pablo por dos meses. Los otros dos meses estuve con mi prima Desiree y sus hijos, que en esos tiempos tenían 6 y 7 años, en un pueblito en Minas Gerais que se llama São Thomé das Letras. Ella tenia el plan de instalarse allí, inscribió los niños en la escuela pero finalmente cambió de idea y volvieron a San Pablo. Yo me quede un tiempo más.

Lo que más me sorprendió del país, además de los paisajes tan verdes, fue la alegría, amabilidad y confianza de la gente. Como yo era extranjera, me bastaba sentarme en una vereda o en un bar, para que se me acercaran distintas personas y en solo unos momentos fuéramos grandes amigos y me contaran la historia de su vida.

En São Thomé das Letras viví la época mas hippie de mi vida. La pasaba caminando descalza por el pueblo que era mayormente construido con lajas, durmiendo a veces en la casita que alquilábamos pero también en la montaña a cielo abierto, sobre las piedras, en casas de amigos, bañándome con la lluvia o en las varias cascadas cercanas y comiendo siempre con amigos, lo que cada uno aportaba.

Era un pueblito de los considerados mágicos, en donde mucha gente cree que hay duendes, energías especiales, ovnis y más. Era un lugar muy turístico, pero de un turismo hippie, de viajeros, jóvenes, gente espiritual. Ayudaba que la policía no estaba muy presente y había mucho consumo de drogas, la sola actividad típica del pueblo en la que no participé. Disfruté mucho de las innumerables fiestas, música en vivo y largas caminatas en los bosques y la montaña.

Con mi prima trabajamos algunos días para una señora que tenia un restaurante y un negocio de venta de piedras y gemas, inciensos y adornos en el estilo. Otros amigos me enseñaron a hacer artesanías que vendíamos en los bares o en la calle, sobre todo pulseras de macramé hechas con rafia.

Dos meses fue tiempo suficiente para enterarme de las historias de vida de muchos habitantes del pueblo. Nuestros amigos eran músicos, artistas tatuadotes, viajeros y algunas familias con niños que se habían instalado allí. También estaba al tanto de las aventuras amorosas de todos ellos y veía como las relaciones se hacían y deshacían a una velocidad vertiginosa.

Una tarde, paseando por la calle principal del pueblo, vi a un grupito de niños en círculo, mirando algo en el suelo. Me acerque para ver que era y por que estaban tan agitados, gritando y saltando…Era un sapo, y evidentemente los niños sentían una gran mezcla de curiosidad y miedo.

Como mi objetivo es siempre educar sobre la naturaleza y no quería que ellos siguieran con miedo, pero tampoco quería que pensaran en hacerle daño, agarré el sapo, les expliqué que no hacia nada y hasta le di unos besos para demostrárselo. Ellos me miraron totalmente sorprendidos, yo liberé el sapo más lejos y seguí viaje. Lo gracioso fue que por el resto de mi estadía en el pueblo los niños gritaban cada vez que me veían: allí esta la chica que besa sapos!!!

Luego de algunas semanas de esa vida, decidí suspender el estilo hippie, volver a San Pablo, en donde pase un tiempo más, y volver a Córdoba a seguir los estudios.

La vuelta fue toda otra aventura. Volví en un camión de un familiar hasta Porto Alegre, en donde pase varias horas en la estación de autobús, tantas, que me hice amiga de los integrantes de un grupo de música andina que vendían sus cassettes y hasta los ayude a vender. Luego fui a Uruguayana, donde pasee la frontera en un taxi, rezando que no me pararan, ya que mi visa estaba vencida hacia más de un mes y me iba a meter en unos líos terribles.

Por suerte pude pasar sin ser controlada. Esperé horas en Paso de los Libres, pagué el pasaje con la ultima plata que me quedaba y finalmente llegue a Córdoba…Estoy leyendo mi diario de esa época y me hace mucha gracias ver que escribí esto: “Tengo los pies tan hinchados, estoy tan sucia y tengo el pelo tan enredado que creo que cuando llegue a Córdoba me voy a meter en lavandina de verdad, no es una amenaza como tantas veces”

El viaje de cuatro meses fue increíble y para terminarlo el regreso fue largísimo, tres días en camión, taxi, autobús y muchas esperas, pero fue con mucha suerte, todo fue saliendo bien.

Como moraleja de la historia les puedo asegurar que los sapos no se convierten en príncipe, pero que los Ángeles guardianes existen…existen!

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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