DOC

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Siempre viví en departamentos y nunca pude tener un perro, a pesar que era uno de mis más grandes sueños. Por suerte, de todas formas pude conocer el amor incondicional de uno. Mi amiga Eugenia y su familia vivieron varios años en un criadero de perros en el barrio de 60 cuadras en Córdoba como cuidadores del lugar en la ausencia de los dueños que viajaban mucho.

Había varios perros sueltos que siempre nos seguían, uno de ellos era un ovejero alemán, llamado Doc. Al principio, siendo yo muy chica, les tenía un poco de miedo a todos los grandes perros que se acercaban a olerme. Pero con el tiempo y de tanto jugar entre ellos se me fue pasando, y eso fue para siempre.

De todos los perros el que más amigo nuestro se hizo fue Doc, aunque también había otros personajes, una perra salchicha que siempre estaba con los adultos de la familia, una setter que cazaba los pollos que trataban de criar, boxers, y muchos cachorros que a veces se nos escapaban de sus caniles y que había que perseguir por todo el patio.

Yo visitaba 60 cuadras los fines de semana y las vacaciones de verano. Cuando llegaba por el camino con mi mamá, Doc venia corriendo y ladrando en posición amenazadora hasta me reconocía. En ese momento su actitud cambiaba completamente, se alegraba tanto de verme!

Eugenia, Doc y yo éramos inseparables. Nos bañábamos en los canales y Doc se terminaba tirando al agua cuando pensaba que nos estábamos ahogando…solo que teníamos que salvarlo nosotras, pero lo que vale es la intención.

Jugábamos a la agencia de detectives, resolvíamos casos que a veces eran inventados por nosotras, como la vez que escondimos el jabón del baño e intentamos cobrarle a Monina, la mamá de Eugenia para encontrarlo. Hasta teníamos nuestra oficina, que era un escritorio del criadero cuando los dueños no estaban, con una bicicleta fija para hacer ejercicios y muchos libros y fotos de perros.

Cuando el fin de semana terminaba y era momento de volver a mi casa, nos escondíamos por los roperos o en los campos para poder quedarme un poco más…La historia se repetía cada vez, que paciencia nos tenían!

Doc era un perro bien entrenado por los dueños del criadero. Sabía que tenía que cuidarnos.

Venia con nosotras a todas nuestras salidas, nunca lo atábamos, era nuestro amigo, no hacia falta.

Le encantaba jugar por horas a recuperar los palos que le tirábamos, solo que no los devolvía, su juego era hacernos perseguirlo.

Solo nos dejaba en los raros días que su verdadero dueño venia a la casa principal. Nosotras nos ofendíamos porque nos había abandonado, pero no nos duraba mucho, ya que el volvía tan contento de vernos siempre.

Sin duda fue el perro que más quise en mi vida.

Mi amiga y su familia se mudaron a otro lugar. Eugenia me contó que Doc se subió al auto de la mudanza y tuvieron que bajarlo casi a la fuerza. No podía irse con ellos.

A los varios meses y sin avisarles a nuestros padres, volvimos a 60 cuadras pagando el autobús con la plata que nos habían dado para comprar helado. Doc ya no estaba, se lo habían llevado a una casa en el barrio Nueva Córdoba. Pedimos la dirección y a las semanas lo fuimos a visitar.

No conocíamos a los nuevos dueños pero nos dejaron entrar, avisándonos que no se hacían responsables si Doc nos mordía. Este comentario nos hizo mucha gracia…Doc jamás nos mordería. Se puso tan contento de vernos, pudimos jugar un poco a arrojarle un palo y lo acariciamos tanto.

Esa fue la última vez que lo vimos y supimos de él.

Debe haber terminado su vida allí, con gente que espero que hayan apreciado su carácter encantador.

Nosotras nunca lo olvidamos, es una parte muy importante de la historia de nuestra amistad, de un tiempo que éramos tres, inseparables.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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