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Encuentro con gorilas en Rwanda

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Desde que leí “Gorilas en la niebla” de Dian Fossey, me fascinaron estos animales. No se si realmente soñaba con verlos, siempre parecía algo tan inalcanzable. Ella estudió los gorilas de montaña en Rwanda, fue una pionera. Se les acercó y los conoció personalmente, cuando el pensamiento era que eran animales agresivos.

Ellas descubrió que en realidad son muy pacíficos, 100% vegetarianos, y el problema en realidad no eran los gorilas, sino los humanos. Un cazador furtivo la mató mientras dormía, para que dejara de molestarlos al protegerlos tanto.

Yo leí este libro y vi la película cuando estaba en la secundaria y nunca me olvide de esta historia. Fui miembro de su Fundación, recibí las cartas y novedades por años y solo el hecho de abrir su libro me emociona hasta el día de hoy.

Después de mucho planear y ahorrar, partí hacia África en noviembre del 2012, por un viaje por varios países, entre ellos Rwanda, la tierra de los gorilas y el lugar donde Dian tanto los amó.

El permiso para ver los gorilas en muy caro, un numero muy limitado de gente puede ir por día, y siempre acompañados de los guías. La visita puede durar muchas horas, pero el tiempo con los gorilas es solo una hora. Fue la hora más cara de mi vida, el equivalente al salario de 50 horas de mi trabajo!!

Llegamos a Ruhengeri, una cuidad en la base de las montañas y muy cerca del Parque Nacional de los Volcanes. Dormimos en las habitaciones de un convento católico. El guía vino a explicarnos que había dos grupos que podíamos visitar, yo elegí el mas grande con unos 28 animales, el grupo Sussa, el que estaba mas lejos y en el camino mas difícil. Resultó ser el grupo más grande que se puede visitar. Hay uno con más individuos pero solo investigadores pueden ir cerca.

Hay muchas reglas y esta muy bien controlado, por ejemplo, no dejan ir a personas con resfríos o gripes, ya que hay riesgo de contagio. Pase toda la semana anterior con tanto miedo de enfermarme!

Fuimos a la mañana siguiente a la base de la montaña, hubo danzas típicas africanas y más explicaciones de los guías, diciéndonos que no podíamos tocarlos, ni acercarnos mucho. También nos mostraron toda la genealogía del grupo que íbamos a ver.

Finalmente empezamos a caminar subiendo la montaña. Al principio era todo campo cultivado en terrazas. La subida fue un poco dura, ya que estábamos a una buena altura, solo en la ciudad ya eran mas de 1800 metros sobre el nivel del mar. En un momento llegamos al límite del Parque Nacional.

La vegetación cambió totalmente. Era la selva que tanto imagine cuando leía “Gorilas en la niebla”. A pesar de tener pantalones largos, sentía plantas picando al contacto, como si fueran ortigas. Nos habían dicho que nos cubriéramos bien, ya veía por qué.

Unos momentos más de camino y nuestro guía recibió la comunicación de los guardaparques con la ubicación de los gorilas. Ya estábamos cerca. Ellos los seguían desde que se despertaban hasta que se iban a dormir. Sobre todo para protegerlos de cazadores furtivos, de trampas y para ayudar a localizarlos.

El primero que vimos fue el macho dominante del grupo, el “silver back” así llamado por tener la espalda cubierta de pelos plateados indicando su avanzada edad.

Estaba acostado y nos miro con curiosidad, pero sin reaccionar mucho. Luego vimos los otros miembros del grupo: otros dos machos adultos, varias hembras y jóvenes, una madre con mellizos y otra con un bebé de tres meses. Teníamos que respetar la distancia, pero los gorilas no la respetaban! Una hembra pasó tan cerca de nosotros que empujó suavemente en la pierna a uno de los chicos de mi grupo.

Nos teníamos que hacer a un lado para dejarlos pasar. Es selva cerrada, no hay mucho espacio.  Los vimos comer, dormir, jugar, bostezar. No hubo ningún estrés. Estábamos todos maravillados. La hora pasó rápido pero pudimos disfrutar su presencia, sacar fotos, ver el gran grupo. Nuestro guía nos indicó que debíamos partir. Empezamos la bajada después de hablar con los guardaparques que tanto trabajan por la conservación de estos animales.

Estando allí tuve un pensamiento para Dian Fossey, tal vez yo estaba viendo los descendientes de sus gorilas y otro para el profesor de la Universidad de Córdoba, Ricardo Luti, que cuando yo era estudiante de biología, nos mostró fotos de los gorilas de un viaje que había hecho en su juventud. Él era la única persona que yo conocía que los había visto personalmente. Una de las tantas razones por las que yo lo admiré tanto.

Tuve otro pensamiento para una Helena mas joven, tantos años soñando con verlos y allí estaba. Una prueba más que los sueños pueden hacerse realidad. Solo hay que tener metas y hacer todo lo posible para que se cumplan.

Y en cuanto a los gorilas, todos mis deseos que los 800 que quedan puedan seguir viviendo en sus montañas de Rwanda, Uganda y el Congo, aumentando sus números y nunca formar parte de la lista de los que ya no están.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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