Fifí

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Hubo un libro que me gusto mucho cuando estaba en la secundaria, era la historia de una gata siamesa llamada Fifí bigotes grises que vivía con un lama tibetano. El autor era Lobsang Rampa, del que leí varios libros en esa misma época.

Cuando tenia 14 años mi amiga Eugenia me trajo un regalo que resultó ser uno de los mejores que recibí en mi vida…un conejito marrón, con una pata y una mancha blanca que le recorría la mitad del cuerpo, tan chiquito que entraba en mi mano. Luego de mucho pensar y como creía que era hembra, el mejor nombre me pareció Fifí bigotes grises, en honor a la gata famosa. Fifí fue muy especial desde el primer día. Saltaba por todos lados, incluida mi falda.

Era maravilloso ver un mini-conejo saltando por toda la casa y viniendo cuando lo llamaba. Lo sacaba a pasear a veces en un bolsillo de la camisa.

Esta conejita creció bastante rápido y se convirtió en un conejazo…macho…de todas formas ya era tarde para cambiar su nombre…quedó Fifí para siempre.

Al tiempo nos mudamos al departamento de mis abuelos en donde había una terracita que daba a mi dormitorio. Fifí saltaba de la ventana a  mi cama, entraba y salía cuando quería. Arañaba la ventana en dos patas cuando quería entrar.

Comía de todo, incluso cosas que ahora se que no son muy buenas para conejos, como chocolate, flores, pan, frutas…

Cuando me iba de viaje mi mamá y abuela lo cuidaban ya que lo adoraban también. Él se alegraba de verme cuando yo volvía.

En una época traje otra coneja blanca, Plaxy para que le hiciera compañía. Siendo ella todavía joven, una mañana aparecieron en el patio cuatro conejitos recién nacidos. Ella no había hecho un nido, como debería haber hecho y evidentemente no sabía como cuidarlos. Dos murieron, otros dos trate de cuidar yo sin éxito.

Era difícil mantenerlos lo suficientemente calientes. Con el tiempo me di cuenta que si les hubiera puesto una lámpara y hubiera agarrado a la coneja para que les diera leche una o dos veces por día, a lo mejor hubieran sobrevivido. Las conejas salvajes los dejan solos en sus madrigueras y vuelven solo a la noche.

Para que no se repitiera la experiencia termine regalando a Plaxy a uno de mis compañeros de escuela. Pienso que probablemente se fue embarazada, así que tal vez haya descendientes de Fifí en algún lado de Córdoba.

Fifí se quedo bastante triste por unos días, seguro la extrañaba.

A veces lo llevaba a algún parque para que comiera pasto o a la terraza del edificio para que corriera un poco.

No siempre todo fue color de rosa, a veces hacia pis en mi cama, una vez lo rete tanto! No se si será que entendió pero no hizo nunca mas. Otra vez comió la punta de un libro que no era mío y tuve que explicar a la persona que me lo presto que había pasado.

También mordisqueaba mis libros, revistas, sillones y mas…comportamiento típico de los conejos.

Le encantaba que le acariciara las orejas, la cabeza, la nuca…yo lo acariciaba un rato, él me lamia y luego ponía la cabeza bajo mi mano para que yo siguiera. Podíamos estar así bastante tiempo.

Sufría mucho el calor, yo lo hacia entrar y se estiraba en el piso aprovechando las baldosas mas frías.

Esta historia de amor termino cuando el tenia 8 años. Empezó con problemas de estómago y diarrea. Lo llevé al veterinario que lo mejoró. Pero a los pocos días le empezó a dar una gran variedad de verduras nuevamente y volvió a recaer. Siempre me sentí culpable, tendría que haber tenido mas cuidado con su dieta.

Se sentía muy mal, estaba en la terraza, salto a mi falda y luego de unas cuantas convulsiones murió en mis brazos. De más esta decir que fue uno de los momentos más tristes de mi vida.

Además sentí que termino una etapa en ese momento. Justo yo había decidido dejar Biología para estudiar Profesorado de Ciencias Naturales. Toda una nueva vida que empezaba, pero de ahora en más iba a estar sola, sin Fifí.

Tuve un conejo gris al tiempo, Luimin, pero no tenía la misma personalidad que Fifí, era menos cariñoso y más asustadizo. Lo termine regalando…

Ay Fifí, nunca te olvido…yo se que nadie es eterno, me hubiera gustado que lo fueras…definitivamente tu recuerdo lo es.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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