Oasis Tour 2012-2013

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Como contarles las miles de cosas que pasaron en un viaje de tres meses por 12 países, recorriendo más de 15.000 kilómetros desde Kenya hasta África del Sur?

Ya le he contado algunas anécdotas pero siento que me va  a llevar mucho tiempo contarles todo.

Algún día tenia que empezar.

Les cuento que comencé a pensar en este viaje en el 2011, cuando visité África del Sur sola, viajando en un minibús que iba de albergue en alberque, en minibuses públicos, y en un camión de excursión. Hablando con muchos otros viajeros, me enteré de la existencia de la compañía inglesa Oasis.

Tenían una excursión de 75 días que visitaba muchos de los lugares que me interesaban en África. Parecía la compañía más barata y la más participativa. Había que cocinar, hacer las compras, armar la carpa y demás tareas. El hecho de no tener cocinero bajaba los costos. Calcular los precios del tour, el pasaje, las vacunas y seguros, los tours extra, bolso, zapatillas y demás me desanimaba…me parecía que nunca iba a poder pagar por todo.

Finalmente y aunque no tuviera el 100% de la plata decidí hacerlo, ya que iba a seguir recibiendo el pago que me debían del trabajo por mis vacaciones. De todas formas, si antes de salir de viaje trato de hacer muchas cuentas…no iría nunca a  ningún lado, nunca consideraría que tenga suficiente. Y al final todo termina saliendo bien.

Empecé el viaje con una parada de una semana en Holanda. Estuve una semana en Ámsterdam, visitando los museos, el distrito de las luces rojas (creo que soy una de las únicas personas que hizo algo de observación de aves en este famoso lugar, ya que había cisnes y patos!), el zoológico y el botánico. También hice dos tours de un día para ver los molinos, las otras ciudades y los pueblos al lado del mar. Todo me encantó.

Luego de esta parada llegue a Nairobi, Kenya, al campamento Karen, en donde nos esperaba el camión que iba a ser nuestra casa por más de 10 semanas. Es un gran camión con dos ventanas grandes, asientos en círculo, mucho lugar para guardar todas las carpas, nuestros bolsos, el equipo de cocina y la comida.

Yo llegué unos días antes que el resto, hice un tour extra al Parque Nacional Masai Mara, una visita al refugio de bebés elefantes, a otro refugio de animales en el Parque Nacional Nairobi. Este albergue en el barrio Karen fue un poco mi primera base en el viaje, ya que allí llegué, y allí volví varias veces. Me hice amiga de los empleados y ya me sentía como por mi casa.

A la semana conocí a mi guía y a mis compañeros de viaje, sin sospechar todo lo que íbamos a vivir juntos.

Tengo tantas anécdotas con animales, desde escarabajos gigantes que volando me golpearon la cabeza tan fuerte que pensé que era una piedra, a una elefanta que se negaba a dejarnos bajar de su lomo a pesar que sus cuidadores trataban de convencerla.

Visitamos tantos parques, tantos refugios, tantos pueblos y ciudades…Vi tantos animales en los safaris, hablé con tantos guías. Y acampamos cada noche, mucha veces en un lugar distinto cada vez, levantándonos muy temprano, a veces antes que saliera el sol, para seguir viajando.

Logré cumplir varios de mis sueños de toda la vida: ver los gorilas de montaña, ver las montañas del Kilimajaro, el Parque Nacional Serengueti, el Delta del Okavango y el Valle del Rift.

Traté incansablemente de identificar las diferentes especies de antílope, de aves, y a veces hasta de plantas.

Encontré animales que no vi el año anterior, como los leopardos, las aves secretarias, los galagos y los rinocerontes negros.

Llevé listas de todo lo que vi, lo que quería ver, y los animales más difíciles que me quedaron para el próximo viaje.

Me enamoré aun más de África, de su gente, de los pueblos que todavía mantienen sus tradiciones ancestrales como los Masai de Kenya y Tanzania y los Himba de Namibia.

Cada día era una aventura, cada día pasaba algo sobresaliente.

Me encantó pasar horas en el camión, viendo los paisajes desfilar por la ventana, mientras escuchaba música, leía o hablaba con mis compañeros.

Cociné para 30 personas varias veces, lavé cientos de platos, armé y desarmé la carpa tanto que al final prefería dormir a cielo abierto.

No me cansé, al contrario, todo me fascino. Este viaje me despertó aun más mi curiosidad por la historia tan difícil del continente.

Cada día agradecía a la vida la posibilidad de estar haciendo ese viaje.

No siempre era fácil la convivencia, o soportar el cansancio o la impaciencia de llegar a destino. Lo que más temía no pasó: no tuve malaria ni ninguna otra enfermedad que tanto me había prevenido la enfermera especializada en viajes que vi antes de salir y que me puso las últimas vacunas que me hacían falta.

Sobreviví, no me pasó nada, no me mordió ningún animal…

Me queda el recuerdo para siempre de esos días de sentirme tan libre y tan cerca de la naturaleza y algunas amistades de esas que duran para siempre a pesar de la distancia.

Volví a Montreal en pleno invierno, esa fue la parte más difícil, pero como siempre también es lindo reencontrar a los amigos, a mi gato, acomodarme nuevamente en mi departamento y en el trabajo. Y tenia razón, todo salió bien, pude pagar todas las deudas y volver a empezar a economizar para el próximo viaje bastante rápido.

Bueno, definitivamente iré escribiendo las anécdotas con el tiempo, imposible contar todo de una sola vez. Los dejo solo contándoles esta: la mejor noche que pasé en el viaje. Estábamos en el parque Etosha en Namibia. Nos instalamos, cenamos y fuimos a ver una laguna en donde venían a tomar agua los animales.

Estábamos del otro lado de una cerca de alambre, así que era muy seguro. Habían instalado lámparas para poder ver los animales y ellos ya estaban acostumbrados, no les molestaba. Pasamos todo el atardecer allí, había grandes mariposas nocturnas, encontré una lechuza en los árboles, veíamos lauchas salir de entre las rocas y hienas y rinocerontes venían a tomar agua en la laguna. La gente que venia hablaba en voz baja, estábamos todos como hipnotizados, disfrutando la paz, la noche, los animales tan cercanos y tan tranquilos.

Yo me quedé a dormir en ese lugar, solo con mi bolsa de dormir, entre las rocas. Mi amigo se quedo un rato pero los mosquitos lo molestaban demasiado y se termino yendo. Tuve una noche increíble, cuando me despertaba me daba vuelta y veía los rinocerontes. Amaneció y vi las lauchas que retomaban la actividad en las rocas que me habían servido de cama. Volví a mi campamento y les conté a mis amigos que esa noche había contado rinocerontes para dormir.

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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