Ornitología de invierno

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Llegué a Montreal en mayo del 99, con 24 años recién cumplidos. Al mes siguiente empecé los cursos de francés e inglés. Como era mi única actividad tuve mucho tiempo para explorar la ciudad y sus alrededores. Y siendo tan curiosa, eso es lo que hice.

Por supuesto que una de las primeras cosas que quería hacer era descubrir las aves de América del Norte. Lo que hice en el patio de mi edificio y en la primera visita al Jardín Botánico. El Jardín, donde trabajo ahora es uno de los mejores lugares para ver aves en la zona, con 197 especies ya avistadas.

Recuerdo el sentimiento de felicidad al haber identificado mi primera ave en la Guía de aves de Argentina de Narosky e Izurieta en la Laguna Mar Chiquita, hace tantos años: un macá grande nadando en la laguna.

Desde ese día me he sentido observadora de aves, aunque como todo me interesa, nunca me sentí realmente una especialista, mi actitud siempre fue más de naturalista general.

En la ciudad de Montreal se ven más que nada tres aves que han sido introducidas de Europa: el estornino, el gorrión y las palomas. También se ven las gaviotas de pico anillado por la cercanía del río San Lorenzo, y ya en el botánico o en los parques hay merlos, una gran variedad de arañeros, cardenales rojos, patos, garzas y más.

Me preocupaba un poco la llegada de mi primer invierno en lo que sentía que iba a ser casi el ártico. La gente me decía que a veces se podían congelar las orejas o los dedos y que el frío era terrible.

Enero lo pase en Florida, así que me salvé del peor mes, pero como el invierno es tan largo, tuve varias semanas para experimentarlo yo misma. No se me cayeron las orejas, pero si pasé mucho frío.

Como siempre fui parte de grupos ambientales ese año también me inscribí en varios organismos. Fui voluntaria en las oficinas de la WWF, acomodando las bibliotecas, las fotos, y otras tareas. También me anoté en la Sociedad de Biología de Montreal para hacer salidas ornitológicas (observación de aves), mycologicas (estudio de hongos) y asistir a conferencias. Tenía mis largavistas, compré mis primeras guías de aves de América del Norte, una en ingles y una en francés y estaba lista para participar.

Las primeras salidas otoñales fueron muy interesantes, me costaba un poco comprender los nombres de las aves a la velocidad que los expertos me iban mostrando todas las especies nuevas para mi. Ellos también tenían telescopios que instalaban a las orillas del río. La variedad de patos me sorprendió mucho.

Llegó el invierno y decidí seguir haciendo salidas para ver las aves que venían a pasarlo más al sur de su distribución de verano. No tenia botas muy buenas así que tenia muchísimo frío en los pies, de tanto caminar sobre los senderos llenos de nieve. Si visitábamos un parque, hacíamos paradas en los centros de interpretación para descongelarnos y tomar algo caliente.

En una de las salidas hacia tanto frío que íbamos en auto por la ruta y parábamos cuando los guías veían algo interesante a la distancia, lo observábamos y volvíamos a entrar al auto. En esa salida precisamente, casi con la frontera con los Estados Unidos, en un pueblo rural llamado Hemmingford que vi mi ave de Quebec preferida.

Y no soy la sola que piensa así: es el ave emblema de la provincia: la lechuza nival. Vimos varios parados en los postes de electricidad. Nuestros guías ya sabían que estaban allí, yo no los hubiera encontrado a la distancia. Además, son blancos y negros…en un fondo infinito de nieve no destacan particularmente!

Los machos adultos son completamente blancos, los juveniles y hembras tienen manchas negras. Se paran en los postes para ver los movimientos de los pequeños roedores que son sus presas y de allí se lanzan silenciosamente a cazarlos.

Otra ventaja de observar aves en  invierno es que algunas de las aves que no migran como los carboneros de cabeza negra vienen a comer a los comederos que la gente pone en parques y jardines. Como hay muchas menos semillas aprovechan muy interesados todo lo que encuentran.

Ellos no son muy tímidos y comprobé que si les ofrecíamos semillas de girasol, después de observarnos un rato se posan en las manos y se las llevan. El detalle es que hay que sacarse los guantes, ya que sino no vienen. Tal vez tengan miedo de enredarse las uñitas en la lana. Y con temperaturas de menos 30 grados centígrados el tiempo sin guantes debe ser corto, ya que se enfrían tanto los dedos que duelen!

También en interesante ver los zorros rojos en el fondo blanco o encontrar huellas de mapaches y ardillas en la nieve y ver los pinos y abetos cubiertos de nieve como si fuera una postal o un bosque encantado.

El frío es intenso a veces, hay que envolverse la nariz con una bufanda para que se caliente un poco el aire antes de respirarlo.

He pasado muchos inviernos más en Montreal, enteros o en parte. A veces he ido a caminar sobre el hielo de los ríos congelados, he intentado patinar sobre hielo, para descubrir que el solo hecho de tratar de mantenerme parada me lleva toda mi energía…he patinado, pero necesito agarrarme de una baranda o de una mano amiga.

Otras veces intenté algunos deportes de invierno: caminar con raquetas, ski de pista y la mejor de todas, trineo tirado por perros husky y malamutes de Alaska.

Es una estación especial para pasar tiempo en mi sillón, con mi gato, viendo películas, tomando té y si tengo suerte y logro organizarme, para irme de viaje a los países del sur.

Tengo amigas que hacen camping de invierno, yo no lo he intentado todavía, no me imagino saliendo de la carpa en plena noche para ir al baño con ese frío!

Me gustó mucho la experiencia de observar las lechuzas y demás fauna en invierno, da una paz muy especial…pero no creo repetirla muy frecuentemente, tengo ganas de conservar mis dedos y mis orejas si es posible!

Author: Helena Arroyo

Amelie Delobel

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